La tenue luz de un novilunio alumbraba las pinturas esparcidas alrededor de un largo
escritorio, del piso, algunas ya secas, otras recién abiertas. Una joven pintora de cabello azabache se disponía a pintar en un amplio lienzo. El lienzo tenía una delgada capa de pintura blanca, la anterior pintura fue un desastre total. Con un lápiz hizo su boceto, delineó los trazos más importantes y procedió a elegir los colores que conformarían su pintura, cuyos
colores contrastarían con el azul de aquella fatídica noche.Sumergiendo los pinceles para diluir, pintó con acuarelas. Su mala experiencia con las pinturas acrílicas la devastó, probó con el gouache y el resultado la conllevó a lo mismo: un lienzo semi blancuzco, cubierto con más capas de blanco, buscando borrar su error. Al pintar el retrato de un joven de cabello rizado se dio cuenta que este fijaba la mirada en ella. Sus pinturas cobraban vida para ella, parecía que podían hablarle y a menudo entablaban una plática.—Dibujas muy bonito, ¿sabes? —le alagó el joven de la pintura.—Gracias —se sonrojó.Y siguieron platicando toda la noche. Noches y tardes de verano conociéndose, entre cielos rosados, naranjas y morados, entre cielos despejados y cielos nocturnos. La gente que la conocía decía que la pintura era muy bella, que parecía como si el pincel fuese un río que
fluía sobre el lienzo dejando colores hermosos a su paso.Pronto, ella y el joven de la pintura estaban en una relación, ella pasaba gran parte de su tiempo pintándolo, dándole más detalles y pinceladas.—Oye, te falta algo aquí —le señalaba con suavidad el rizado en ocasiones. Esos comentarios se volvieron más habituales y con más dureza; no obstante, la pintora ya había detallado demasiado, había detalles en los detalles y la pintura se le acababa y había dibujos
inconclusos. Su energía y ánimos se agotaban, y las prácticas inconclusas quedaron en
segundo plano, su bienestar incluido, solo estaba dedicada a pintarlo.Decidió practicar un día y el joven le reclamó:—¿Y yo?, solo me dejas de lado, inconcluso, ya me cansé.—Perdón, me distraje un poco —explicó angustiada.Él solo se limitó a ignorarla un rato. La azabache siguió pintando, teniendo en mente que algún día la pintura concluiría, no era eterna, le entristecía, quería seguir pintándolo, pero un intenso dolor comenzó a invadirla. Su mano no resistía. Ambos tenían algo que decirse, mas no lo hicieron. Una sola palabra de él haría que ella tragase el agua de la pintura diluida.—No me siento querido por ti, me pintas muy mal, y a tu otro dibujo lo estás haciendo mejor que a mí —exclamó—. No dejo de preguntarme, ¿acaso les dices a los demás dibujos que los quieres?—No lo hago, ellos no hablan —replicó.—¿Y si sí hablaran?Ella tomó un poco de pintura negra y la arrojó violentamente sobre el lienzo.Las pláticas se tornaban tranquilas después de esos ataques, ambos volvían a hablar normal, parecía que nunca sucedió eso, que él no le cuestionó nada, y que ella no lanzó la pintura. Él no veía el empeño que tenía la joven, pintaba lo más que podía, daba todo de sí misma para él; sin embargo, él creía que ella no tenía interés alguno en pintarlo. La fluidez de ese pincel comenzaba a verse comprometida por la intensidad con la que pintaba ahora.Sujetando agresivamente el mango y golpeando las cerdas sobre el lienzo, aquel pincel se desgastaba progresivamente. El tan parlanchín joven se quedaba callado: un mutismo acompañado de silencios agotadores, donde ninguno hablaba, solo se veían con tristeza, pues esa seguridad que sentían se esfumó. Y no lo hablaron.—¿Por qué me sigues pintando? —inquirió con tristeza el joven—. ¿Por qué sigues aquí?, pintando a alguien como yo. Te estoy lastimando, ¿por qué no me dejas y eres libre?—Porque te amo —las palabras salieron instantáneamente, no por el gran amor que le tenía, sino por defecto, era lo que siempre solía decir, y lo que su boca estaba acostumbrada a
pronunciar—. Te seguiré pintando.—¿Y por qué me sigues pintando así?—¿Así cómo?—Así mal. Ya te lo he dicho y sigues pintando chueco, no pones de tu parte y sigues pinte y pinte con horribles colores. ¿¡Cuántas veces más he de decírtelo!? —gritó.—¡Cállate!, ¡he dado todo de mí para pintarte! —replicó levantándose de su silla—. ¡Cállate de una vez!, ¡ya!, ¡cállate!Le lanzó más pintura. Los errores que había corregido volvieron a notarse. Nunca los corrigió. Sus dos manos se empaparon de pintura acrílica negra y roja, se mezclaban en el lienzo conforme ella lanzaba la pintura agresivamente simultáneo a los quejidos del joven.—¡Otra vez vas a lanzarme la pintura!, ¿verdad?“Por favor, date prisa y déjame, pero no te des tanta prisa”: esas eran las palabras que
resonaban en su mente. Quería seguir pintándolo, ya no sabía cómo, porque a la mínima
palabra ella lanzaría pintura, y él, al mínimo fallo gritaría. De reojo, ella vio el óleo abandonado. Estaba a punto de decirle que esto era el fin; sin embargo:—Déjame de pintar.Se quedó callada y lloró.—Muy bien, te dejo de pintar —recogió un gran bote de pintura blanca y la arrojó al lienzo, borrando su trabajo y al joven de cabello rizado. Era hora de otra pintura.